** La
libertad de expresión y de mercados son indispensables
para construir un mundo más seguro.
Por Christopher Shays.
- Representante (diputado) Republicano por el
4º Distrito de Connecticut, y presidente del Subcomité
de Seguridad Nacional de la Cámara de Representantes
que trata todos los asuntos relativos a la seguridad
nacional, incluyendo los antiterroristas.
* * *
Washington. En la lucha contra el terrorismo global,
la libertad de expresión y de mercados, apoyados
por sectores muy diversos, no solo son necesarios sino
inevitables si queremos construir y sostener un mundo
más seguro.
En más de cuarenta sesiones sobre temas del terrorismo
por parte del Subcomité de Seguridad Nacional
que presido, emergió esta dura lección:
hemos estado en guerra durante bastante tiempo y no
pudimos o no quisimos admitirlo. Durante mucho tiempo
el mundo toleró a los talibanes en Afghanistan
y permitió que Saddam Hussein juegue con los
mandatos de las Naciones Unidas para desarmar a Irak.
Los malévolos del Medio Oriente, frustrados por
la incapacidad para lograr sus objetivos bajo los ojos
atentos de regímenes autoritarios, cambiaron
el campo de batalla atacando objetivos más accesibles
en Occidente. Al despachar 19 sauditas para atacar a
los Estados Unidos en Setiembre de 2001, Osama Bin Laden
sabía que impactaría a Riad como también
a Nueva York y Washington: el precario equilibrio del
régimen saudí entre la ortodoxia Wahabi
y las alianzas Occidentales, estaba bajo la jurisdicción
de un exámen no buscado y sin precedentes en
el mundo árabe y occidental.
Esta no es la PaxAmericana que esperábamos. La
Guerra Fría se terminó pero el mundo es
un lugar más peligroso. En lugar de Nuevo
Orden Internacional de crecimiento y cooperación,
los conflictos regionales insolubles y el aumento de
la militancia islámica radical, han traído
las perspectivas de desorden crónico, casi cataclítico.
La Cortina de Hierro se ha reemplazado por un Veneno
que amenaza con cubrir al mundo de terror y miedo.
Penetrar ese velo no requerirá de un ataque militar
sino de millones de pinchazos diarios en la antigua
trama de los resentimientos árabes. Esas pequeñas
estocadas en la autoestima y la confianza individual,
vendrá en forma de elecciones económicas
e ideas nuevas unidas sólidamente a la vida civil
y política. Si el destino está, de hecho,
escrito en demográficos, el tictac de la bomba
de tiempo de la población del Medio Oriente se
puede desactivar, ampliando la participación
en la creación y el consumo de la riqueza.
El tema es que un hombre o mujer con un trabajo, con
comida sobre la mesa, con una apuesta en el status quo
económico y con oportunidades para mejorar la
vida de sus hijos, sus tribus o su secta, no tendrá
ni el tiempo ni la inclinación para sucumbir
al canto de sirena del reclutamiento terrorista. O,
como dijo el Presidente Woodrow Wilson, la actividad
económica subyace en toda nuestra vida nacional
incluso nuestra vida espiritual. Miremos el hecho de
que en el Padre Nuestro la primera petición es
el pan de cada día. Nadie puede adorar a Dios
o amar a su vecino con el estómago vacío.
Sin embargo, con excepción de Noruega, ninguna
nación que depende del petróleo para obtener
el mayor volumen de su renta nacional, ha podido desarrollar
la diversidad económica que alimenta el pluralismo
y la tolerancia en las esferas políticas y civiles.
Y la concentración de riqueza produce la concentración
de poder. Una vez consolidado en una familia o región,
ese poder es difícil de redistribuir particularmente
cuando se agota el dinero del petróleo usado
para sobornar o suprimir anhelos populares.
Cuando el petróleo fluye, no hay incentivo para
compartir el poder. Después que los pozos se
tapan, hasta a un gobierno complaciente le faltan medios
para facilitar la transición a sistemas empresariales
más participativos. Enfrentados con la aparente
opción entre sobrevivir y el caos, entre la norma
de ley y la guerra civil, los intereses creados optarán
por más represión, no liberalización.
Por cierto, la riqueza petrolera se debe explotar para
reconstruir la infraestructura física de Irak.
Pero esa infraestructura debe mover más que el
petróleo. Debe facilitar el cambio de ideas,
de gente y mercaderías, dentro y fuera de un
mercado diversificado.
En los Estados Unidos, nuestras políticas con
frecuencia se ven díscolas e indecisas en televisión.
Pero es un error comparar una diversidad, hasta una
cacofonía de opiniones, con una falta de fuerza
o resolución. Las salidas políticas, sociales
y económicas para la expresión y el disenso,
provocan energía y adherentes desde modos destructivos
y violentos de participación en los asuntos de
estado.
Pero democracia y mercado libre, no son idiosincrasias
culturales Occidentales o píldoras venenosas
de la cultura traídas aquí para destruir
las tradiciones y cultura árabes. Occidente no
tiene la franquicia exclusiva sobre esos derechos y
aspiraciones así compradas, interpretadas y defendidas
celosamente por sociedades emergentes en toda la historia
humana.
En realidad, como observó recientemente un estudiante
árabe estadounidense, la democracia no
es un talento extranjero. Nace del suelo nativo
fertilizado por un pacto social entre el gobierno y
los gobernados.
Los terroristas están esclavizados por su odio.
Nos esclavizarían a todos con su violenta visión.
Su entusiasmo tóxico solo puede ser derrotado
por las fuerzas de mercado, la inevitable inexorabilidad
de los pueblos libres que buscan su propio interés
iluminado en causas comunes. La universalidad de la
auto determinación y la libertad económica
deben ser indiscutibles.
** Traducido por María Josefina Ramos
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