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1-11-2003
Veinte años no es nada
por Federico Pinedo
La Argentina estaba acostumbrada a que se disputaran
el poder dos partidos que cada vez se parecían
más entre ellos y cada vez se parecían
menos a lo que pasaba en el mundo: los radicales y peronistas.
El advenimiento democrático de 1983, del que
acabamos de festejar sus veinte años, generó
tensiones en el bipartidismo, a las que evidentemente
ambas fuerzas no respondieron con la calidad suficiente.
Ante la apabullante irrupción del peronismo,
que destronó a la Unión Cívica
Radical del sitial del partido nacional más popular,
los radicales optaron por peronizarse y las fuerzas
conservadoras hacia la derecha y socialistas hacia la
izquierda, se marginalizaron al ver a sus huestes cooptadas
por el peronismo. Es posible decir que a la opción
peronizada justicialista-radical, se opuso el partido
militar, que contaba en su seno con una corriente mayoritaria
que creía en una de las orientaciones peronistas,
la corporativa y antiliberal del pacto militar-sindical
(Onganía, Viola), y una corriente a la que se
llamó liberal, que era la que llamaba a elecciones
luego de los fracasos de gobierno (Lanusse, Bignone).
Algún advenedizo modernizante, como lo fue Frondizi,
fue rápidamente eyectado por el sistema. Esa
gran confusión terminó en 1983.
A partir de allí, los radicales alfonsinistas,
que no creían que la economía tuviera
reglas independientes de la política, intentaron
abandonar su impronta demoliberal y anticorporativa,
para intentar la toma de las corporaciones, dando una
vuelta de tuerca adicional a su peronización.
Los peronistas saben de poder, pontificaban
los entonces chicos de la Coordinadora radical que buscaban
un tercer movimiento histórico. La
combinación de autismo económico, pretensión
de ser dadores de reglas internacionales y combate simultáneo
contra todas las corporaciones, generó tal efecto
que permitió que un riojano entrara al galope
por la avenida de Mayo y no sujetara hasta la Casa Rosada.
La década siguiente fue peronista, pero con un
justicialismo que buscó la variante cosmopolita
de la tradición argentina, que tiende a vincular
la marcha del país a las corrientes internacionales
predominantes en Occidente. Nos tocó acompañar
una época signada por el Consenso de Washington,
con sus secuelas de crédito fácil y supremacía
de la economía sobre la política. La política
se vengó, pues gracias a sus malas tendencias
terminamos con un fuerte endeudamiento y con baja calidad
institucional.
Mientras tanto, los políticos de casi todos los
partidos optaron por funcionar como un club, se llamaron
clase política y se alejaron de la
gente, compartiendo negocios ancestrales como el empleo
público y prebendas varias. La de los políticos
pasó a ser una corporación más,
donde todos eran enemigos, pero también todos
son amigos. La hecatombe económica, fomentada
por lobbies interesados y ejecutada por políticos
inexpertos, hizo que la gente fuera impiadosa con sus
representantes: que se vayan todos.
La Argentina ha visto explotar su sistema de partidos
políticos. No se dieron cuenta los radicales,
que transaron con Menem gracias al club de la clase
política en el Pacto de Olivos, y se conviertieron
en tercera fuerza cómoda detrás de los
neoperonistas modernos Bordón y Chacho Alvarez.
No se dieron cuenta los frepasistas, que transaron con
los radicales también gracias al club de la clase
política, y luego optaron por abandonar el poder.
Por su parte, De la Rúa creía que se construía
poder echando gente. Tantos lo abandonaron y tantos
fueron corridos, que se cayó. Duhalde, tras la
reducción de la economía argentina y del
poder adquisitivo del salario a la mitad, sólo
generó una red de contención social y
clientelismo político entregando efectivo, siguió
demonizando a Menem como el causante de todos los males
(con mucho éxito y acompañado alborozadamente
por los artífices del gobierno abandonado) y
buscó varios candidatos, siendo el tercero de
ellos la vencida: Kirchner fue electo con
un 22% de votos.
A partir de allí se abre una nueva era. Creo
que eso sucederá porque Kirchner sabe que debe
consolidar poder y la gente mayoritariamente quiere
lo mismo, traumada por el vacío de De la Rúa.
Creo que eso sucederá porque la clase política
se ha quedado con pocas ideas, porque el corporativismo
está en coma luego del embate menemista que lo
destruyó y porque la realidad internacional es
más demandante de realismo de lo que ha sido
en cualquier etapa previa de la historia. ¿El
futuro? Será materia de otra nota.
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