COLUMNISTAS
 
 
  Federico Pinedo

Abogado UBA (1978), fue legislador de la Ciudad de Buenos Aires (1987-1991), Inspector General de la Ciudad de Buenos Aires (1991), Subinterventor de la Comisión Nacional de Comunicaciones (1992-1993), Experto senior de la Unión Internacional de Telecomunicaciones (1995-2000) y es diputado nacional por Compromiso para el Cambio (2003-2007).
 
 

1-11-2003

Veinte años no es nada
por Federico Pinedo

La Argentina estaba acostumbrada a que se disputaran el poder dos partidos que cada vez se parecían más entre ellos y cada vez se parecían menos a lo que pasaba en el mundo: los radicales y peronistas. El advenimiento democrático de 1983, del que acabamos de festejar sus veinte años, generó tensiones en el bipartidismo, a las que evidentemente ambas fuerzas no respondieron con la calidad suficiente.
Ante la apabullante irrupción del peronismo, que destronó a la Unión Cívica Radical del sitial del partido nacional más popular, los radicales optaron por peronizarse y las fuerzas conservadoras hacia la derecha y socialistas hacia la izquierda, se marginalizaron al ver a sus huestes cooptadas por el peronismo. Es posible decir que a la opción peronizada justicialista-radical, se opuso el partido militar, que contaba en su seno con una corriente mayoritaria que creía en una de las orientaciones peronistas, la corporativa y antiliberal del pacto militar-sindical (Onganía, Viola), y una corriente a la que se llamó liberal, que era la que llamaba a elecciones luego de los fracasos de gobierno (Lanusse, Bignone). Algún advenedizo modernizante, como lo fue Frondizi, fue rápidamente eyectado por el sistema. Esa gran confusión terminó en 1983.
A partir de allí, los radicales alfonsinistas, que no creían que la economía tuviera reglas independientes de la política, intentaron abandonar su impronta demoliberal y anticorporativa, para intentar la toma de las corporaciones, dando una vuelta de tuerca adicional a su peronización. “Los peronistas saben de poder”, pontificaban los entonces chicos de la Coordinadora radical que buscaban un “tercer movimiento histórico”. La combinación de autismo económico, pretensión de ser dadores de reglas internacionales y combate simultáneo contra todas las corporaciones, generó tal efecto que permitió que un riojano entrara al galope por la avenida de Mayo y no sujetara hasta la Casa Rosada.
La década siguiente fue peronista, pero con un justicialismo que buscó la variante cosmopolita de la tradición argentina, que tiende a vincular la marcha del país a las corrientes internacionales predominantes en Occidente. Nos tocó acompañar una época signada por el “Consenso de Washington”, con sus secuelas de crédito fácil y supremacía de la economía sobre la política. La política se vengó, pues gracias a sus malas tendencias terminamos con un fuerte endeudamiento y con baja calidad institucional.
Mientras tanto, los políticos de casi todos los partidos optaron por funcionar como un club, se llamaron “clase política” y se alejaron de la gente, compartiendo negocios ancestrales como el empleo público y prebendas varias. La de los políticos pasó a ser una corporación más, donde todos eran enemigos, pero también todos son amigos. La hecatombe económica, fomentada por lobbies interesados y ejecutada por políticos inexpertos, hizo que la gente fuera impiadosa con sus representantes: “que se vayan todos”.
La Argentina ha visto explotar su sistema de partidos políticos. No se dieron cuenta los radicales, que transaron con Menem gracias al club de la clase política en el Pacto de Olivos, y se conviertieron en tercera fuerza cómoda detrás de los neoperonistas modernos Bordón y Chacho Alvarez. No se dieron cuenta los frepasistas, que transaron con los radicales también gracias al club de la clase política, y luego optaron por abandonar el poder. Por su parte, De la Rúa creía que se construía poder echando gente. Tantos lo abandonaron y tantos fueron corridos, que se cayó. Duhalde, tras la reducción de la economía argentina y del poder adquisitivo del salario a la mitad, sólo generó una red de contención social y clientelismo político entregando efectivo, siguió demonizando a Menem como el causante de todos los males (con mucho éxito y acompañado alborozadamente por los artífices del gobierno abandonado) y buscó varios candidatos, siendo el tercero de ellos “la vencida”: Kirchner fue electo con un 22% de votos.
A partir de allí se abre una nueva era. Creo que eso sucederá porque Kirchner sabe que debe consolidar poder y la gente mayoritariamente quiere lo mismo, traumada por el vacío de De la Rúa. Creo que eso sucederá porque la clase política se ha quedado con pocas ideas, porque el corporativismo está en coma luego del embate menemista que lo destruyó y porque la realidad internacional es más demandante de realismo de lo que ha sido en cualquier etapa previa de la historia. ¿El futuro? Será materia de otra nota.