1-06-2004
INSEGURIDAD Y DECADENCIA
por José Luis Fernandez Valoni
La Argentina es una sociedad desorganizada. No es porque
le falten normas que regulen su vida colectiva, ni porque
carezca de valores reconocidos por el conjunto.
Nuestro pueblo es heredero de virtudes y condiciones
excelsas y el país esta enclavado en una geografía
magnífica.
Sin embargo una sensación de infelicidad nacional
parece avanzar en franco predominio, más allá
de satisfacciones circunstanciales de grupos, sectores
o individuos.
Es en ese marco que la inseguridad pública ofrece
una panorama sobrecogedor que se suma a las desventuras
del trabajo y la producción, más las angustias
por el futuro.
No nos faltan éxitos notables en el ámbito
científico, cultural o deportivo, pero fuerza
es asumir que los ejemplos escasean cada vez más,
y los números de la estadística, no pueden
sino registrar nuestra sistemática decadencia.
La toma de conciencia de gran parte de la sociedad acerca
de la relación de la inseguridad con la política
, y de la necesidad de movilizarse y participar para
lograr algún cambio en ese sentido, puede asociarse
con la irrupción de vastos sectores populares
en el escenario público en circunstancias de
generarse la crisis política y financiera del
2001, pero todo ello parece insuficiente para volver
a empezar.
Hoy tenemos nueve millones de indigentes, de los cuales
cuatro son menores de 14 años, provincias con
más del veinte por mil de mortalidad infantil
y bolsones de desnutrición y hambre imperdonables,
así como una ignorancia espeluznante en sectores
generacionales que recibirán el comando del país
en las próximas décadas.
Hace cincuenta años la Argentina tenía
un Producto Bruto Interno algo inferior al de Brasil
y un poco mayor al de México y hoy, además
de ser titular del default más grande e inesperado
de la historia mundial, muestra una economía
de subsistencia carente de atractivos y singularidades
de vanguardia, ampliamente superada por sus competidores
históricos.
La espantosa sensación de inseguridad pública
y completa desprotección que sufren ricos y pobres,
nacionales y turistas, empleados y patrones, trabajadores
y desocupados, es sólo uno de los más
terribles e insoportables síntomas de esa decadencia.
Por ello es que las medidas que se van tomando para
atacar los problemas sobrevinientes a los distintos
hechos protagonizados por las formas más crueles
de la violencia y el delito en la argentina, sólo
forman parte hasta aquí de un tratamiento sintomático,
para una sociedad enferma.
Pero la enfermedad continuará allí. La
ausencia de un orden social justo, la falta del cumplimiento
de la ley, el espectáculo del estímulo
a la transgresión, el abandono de los elementos
esenciales de la propia identidad, la falta de continuidad
en el esfuerzo para conseguir objetivos complejos y
de reclamo común, sumados al aventurerismo político,
la degradación cultural y la claudicación
de las élites, probablemente harán inútiles
o al menos limitarán sustancialmente, los efectos
de los cambios impulsados para garantizar la seguridad
pública.
Políticas de Estado, es lo que se repite machaconamente
en todos los ámbitos del gobierno y piden con
insistencia los analistas y gran parte de la oposición,
pero no habrá polìticas de estado en economía,
educación, salud, previsión social, seguridad,
defensa o relaciones internacionales, que no sean asumiendo
la esencia de la cuestión nacional.
El problema es polìtico y no tendrá solución,
si no le damos una solución nacional. Para ello
hace falta reabrir el diálogo y formular una
amplia convocatoria a un encuentro por la autocrítica,
la transparencia y la reconciliación, que nos
permita reorganizar la sociedad argentina de acuerdo
a los desafíos del mundo global, afirmando nuestra
identidad, garantizando la inclusión social,
con producción trabajo y equidad, para llevar
a cabo las reformas de segunda generación que
quedaron pendientes desde la recuperación de
la democracia.
Pasado un año del gobierno instalado por la voluntad
popular, debe irse ahora más allá de la
pura gestión eficaz y la imagen positiva en la
opinión pública. Aún concediendo
que esto es así, un pueblo escarnecido, un país
aislado y un estado quebrado necesitan de todos sus
recursos materiales, intelectuales y espirituales para
salir de la crisis.-
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