COLUMNISTAS
 
 
  Patricia Bullrich

Es Licenciada en Humanidades y Ciencias Sociales con orientación en Comunicación, diplomada en la Universidad de Palermo de Buenos Aires, Argentina, con diploma de honor, summa magna cum laude. Ha sido Diputada nacional, Ministra en dos oportunidades en las áreas de trabajo y de seguridad social y Secretaria de Política Criminal y Asuntos Penitenciarios. En estos últimos tres cargos fue la primer mujer en ocuparlos. Tiene 48 años y tiene un hijo. Ha sido conferencista en temáticas heterodoxas, ha publicado libros y trabajos en materias sociales y de seguridad. Actualmente preside el partido Union por Todos que cuenta con representación parlamentaria. Una paradoja de su historia es que le tocó administrar las cárceles en las que había estado presa durante la dictadura argentina.
 
 

01-06-2004

Un intento de entender la crisis de representatividad
**por Patricia Bullrich

El discurso político se construyó como el lugar de las ideas y de la palabra. Era la herramienta más potente para provocar la adhesión, para construir la legitimidad. El discurso era la síntesis de una convicción de una sociedad que se construía como un porvenir de promesas. El liberalismo, el socialismo cada uno edificaba una sociedad que de ser alcanzada encontraría un progreso intermitente, la felicidad. Así lo pensaban Hegel y Marx, Rousseau y Tocqueville.
Había un orden social que Durkheim describía. Este orden se construía en torno a una pirámide. El Estado, la Nación, la sociedad civil, el mercado. Un todo orgánico que funcionaba.
De golpe ese orden social comienza a sacudirse. La sociedad pierde la consistencia que conocimos y todo nuestro edificio tambalea.
Marshall Berman lo define magistralmente: Todo lo sólido se desvanece en el aire. Nada llega a osificarse, antes se deshace como el hielo en el calor.
En este desintegrarse la sociedad pierde sus ejes ordenadores: el trabajo, la familia desde la vida social y el estado y la política desde el orden social.
Así nos encontramos buscando estructuras donde no las hay. Estamos frente a un fenómeno de desestructuración. La desestructuración se expresa en las contracaras que atravesamos. Vamos del orden al desorden y de la explotación a la exclusión.
En realidad ya deberíamos preguntarnos si es válido el concepto de exclusión porque refiere a algo que está afuera de un orden. ¿Y la pregunta es cuál es el orden? La exclusión respecto a qué parámetro. ¿Cuándo lo que está afuera es decir lo que está excluído supera lo que está adentro la pregunta obligada es cuál es entonces el sistema? ¿Hay sistema?
Desestructurado el orden social, desestructurado el yo, el yo ingeniero, el yo obrero metalúrgico, este lugar de reconocimiento está
vertebrado por la división del trabajo.
Claro como siempre que existen fenómenos que no sabemos explicar, que no podemos todavía entender, los nombramos como post o como neo. Post modernismo, neo liberalismo, post industrialismo, post fordismo.
Es que hemos conservado estructuras de representación de una sociedad que ya no existe. ¿Qué orden representa hoy la política?
¿Qué sector social representa hoy la política?
Son preguntas que no podemos contestar.
Los partidos representaban verticalmente a sectores sociales. La política expresaba totalidades. El partido de la clase obrera o el de la burguesía.
Hoy los partidos no representan más que a su propio interés. Han dejado de ser una intermediación, para convertirse en un sector más que defiende con uñas y dientes los privilegios que puede conservar. No conduce, no prevé, no planifica. Solo atina a responder tardíamente a las crisis y en un círculo vicioso profundiza diariamente su decadencia.
Los partidos como expresiones de ideas, de aspiraciones han desaparecido. Las acciones que realizan los partidos políticos están liberadas de su concepto, de su esencia y de su referencia social. Pero siguen funcionando aún cuando su idea lleva mucho tiempo de desaparecida.
Como dice Jean Baudrillard "Una cosa que pierde su idea es como el hombre que ha perdido su sombra: cae en un delirio en el que se pierde."
Así la representación política ya no sabe que representar.
Porque el desafío es animarse a definir paradigmas hacia el futuro. Porque no se puede vivir sin ideas generales, que conciernan a la naturaleza de sociedad que construiremos hacia el futuro. Por eso las ideologías que nacieron y murieron en el siglo 19 y 20 ya no serán.
Hay que animarse a pensar la sociedad en la que queremos vivir arrollados por nuevos lugares. La plaza pública, el mitin, el parlamento están desplazados.
Hoy las gestas ya no existen. El cruce de los Andes sería un flash del noticiero de las 7. La representación presuponía una cierta distancia, no era una relación cotidiana. Ahora desayunas con el líder, almorzar con Mirta y el líder y a la tarde le hacés zapping. No hay sorpresa, no hay fascinación. Es como el deseo para Freud.
Esta crisis de representación se agrava en nuestra sociedad colonizada por intereses corporativos. Porque se crea una superestructura paralela que trabaja exclusivamente para su propio beneficio.
Vivimos un fraude intrínseco por la tergiversación de la representatividad. Porque no puede la gobernabilidad no estar en crisis si partimos de la fragmentación y desorganización de la representación.
Esto nos lleva a quienes buscamos una auténtica representación a trabajar mas allá de las palabras en la construcción de espacios y redes que construyan consensos y articulen demandas sociales en contraposición a la lógica del partido único. Con diversidad, horizontalidad y acuerdos en torno a políticas, podemos empezar a respondernos tantas preguntas.

** La autora es Presidenta de Unión por Todos.