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¿República de Cromañon o el regreso del fantasma de la Inspección General?
por Carlos A. Piedra Buena
El escenario de muerte montado las vísperas de la noche vieja del 2004, en el ya tristemente celebre boliche del Once, constituye la peor tragedia argentina motivada por causas no naturales. La misma ha calado muy hondo en el alma de cada uno de los porteños.
Buscar causas y responsables, en la idea de aprender de nuestros errores e iniciar el cambio que nuestra sociedad necesita, se hace más que necesario. Casi doscientas vidas tronchadas y otras tantas familias consumidas por el dolor y la indignación lo reclaman.
Sin ahondar en detalles sabemos que la tarea no es simple. El caso Cromañón es la manifestación no querida de una compleja problemática; donde hasta la contradicción interna de los términos de su nombre nos parece hoy una premonición del pandemonium en que se transformara lo que debía ser una alegre reunión de jóvenes junto a su banda favorita.
En su estructura subyacente encontramos un entramado de causas y actores, donde el relativismo moral, corrupción, crisis de dirigencia, débil calidad institucional, creciente grado de desciudadanización, clientelismo político, intereses parroquiales, droga, alcohol y la vulgaridad son moneda corriente.
Encontrar responsables en esta combinación letal de seudoempresarios, alienados sociales, funcionarios ineficientes y corruptos, es materia de la Justicia.
Pero, lo que si, como ciudadanos comprometidos con la cosa pública, no podemos dejar de denunciar es, que este hecho debe ser un verdadero punto de inflexión que nos saque del caos, el desgobierno y la degradación incremental de Buenos Aires.
El fantasma de la vieja Inspección General nunca abandonó nuestra Ciudad, el Jefe de Gobierno debe asumir su responsabilidad política y actuar en consecuencia.
No creemos estar frente a un golpe institucional de las derechas, ni tampoco que deba prepararse una revocación de su mandato o la demanda de un juicio político, ya que si bien estos dos institutos están previstos en la Constitución de los porteños, interpretamos que constituyen medidas de carácter extremo y excepcional, que al menos hoy nos parecen extemporáneas.
¿Es el Jefe de Gobierno una rara avis o un ícono de la mediocridad de los políticos en la Argentina? ¿o es acaso un político en búsqueda de un nuevo escalón en la estructura de poder nacional, que sorprendido por los acontecimientos no puede o no quiere ver la realidad?
La situación política no ayuda al Jefe de Gobierno, él es conciente que en política lo importante son las percepciones; y estas reflejan que ha quedado solo, sus aliados políticos a nivel nacional preocupados por las elecciones legislativas de este año, han privilegiado el lenguaje gestual, lo que explicaría el silencio de ciertos funcionarios y la virtual intervención de Buenos Aires por el actual Secretario de Seguridad del Gobierno de la Ciudad.
Durante un mes el discurso oficial del Gobierno porteño estuvo signado por el autismo y la soberbia, el punto culminante de esta desacertada actitud alcanzó su cenit en la seudo interpelación del pasado veintiocho de Enero, donde el Jefe de Gobierno apabulló con estadísticas de gestión gubernamental y una interpretación tan cándida de la añeja normativa en relación a la problemática en análisis, que pareciera propia de un inexperto funcionario.
Quizá Anibal Ibarra olvidó que muchos ciudadanos conocían - al igual que la Diputada Gabriela Michetti - su participación y experiencia en organismos legislativos, constituyentes y ejecutivos de la Ciudad de Buenos Aires; como asimismo que la eficiente tarea del actual Secretario de Seguridad, puso en evidencia que cuando hay idoneidad, responsabilidad y voluntad política, aun con normas desactualizadas, se pueden alcanzar soluciones eficaces.
Finalizada abruptamente la sesión del pasado viernes, a partir de un cuarto intermedio sospechado de intencionalidad política, se corre el riesgo que el árbol no nos deje ver el bosque, y que el Jefe de Gobierno de por finalizada su presentación espontánea al Recinto de la Legislatura, ya sea por propio convencimiento de haber concluido su tarea allí, o aprovechando el desconcierto y la crisis producida en la primera minoría para minimizar la crítica a su gestión de gobierno.
Es de esperar que este lluvioso fin de semana se constituya para el Jefe de Gobierno en tiempo de solaz reflexión, que comprenda que aún no es tarde, que acepte su responsabilidad política y a partir de allí comience a gobernar hasta el fin de su gestión con la mira puesta en el bien común público.
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