COLUMNISTAS
 
 
  Santiago Martin Rodriguez
Sacerdote

1954 Nacimiento en Madrid

1979 Bachiller en Teología (Universidad de Comillas)
Ordenación sacerdotal en la Archidiócesis de Madrid.

1982 Licenciatura en Biología (Universidad Complutense)

1984 Licenciatura en Teología Moral (Universidad de
Comillas) especializado en Ética de la Ingeniería Genética.

  1988 Licenciatura en Periodismo (Universidad Complutense) 

Hasta abril de 1999 ha sido jefe de la Sección de Religión del diario ABC, de Madrid, en el que trabajó desde 1985. Durante 14 años, hasta marzo de 2001, fue director del programa semanal de TVE "Testimonio". Dirige la revista de formación religiosa "Eucaristía". Colaborador semanal en el diario "La Razón". Director del programa semanal "Escuela de María" en Televisión Popular (España).

Colaborador habitual de EWTN (Estados Unidos).

Es fundador y presidente de la Asociación Pública de Fieles "Franciscanos de María", dedicada a la evangelización del mundo del voluntariado social, del ámbito de la catequesis y de los medios de comunicación y presente en 22 países.

Ha escrito veinte libros, uno de los cuales "El Evangelio secreto de la Virgen María" ha alcanzado dieciocho ediciones. El último, de 2003, es "Breve catecismo de la Iglesia católica".

Es párroco en Madrid de la Parroquia María Virgen Madre.

En 2004 ha sido nombrado por Juan Pablo II, por un periodo de cinco años, consultor del Pontificio Consejo para la Familia con el fin de asesorar a la Santa Sede en la defensa de la familia y de la vida.

 


Los Franciscanos de María

El fenómeno asociativo en la Iglesia
Desde el inicio de la Iglesia ha estado presente el fenómeno asociativo. Sus manifestaciones han sido muy diferentes, según las épocas, pero a través de ellas hombres y mujeres de todas las condiciones sociales han buscado unirse para avanzar más fácilmente en el camino de la santidad, para poder ofrecer mejores servicios caritativos y para ser más eficaces en la evangelización. Así nacieron los grupos de eremitas del desierto egipcio en el siglo IV, con San Antonio a la cabeza, o, posteriormente, los grandes monasterios de benedictinos y cistercienses. Después vinieron a enriquecer la Iglesia las llamadas “órdenes mendicantes”: los franciscanos, los dominicos, los agustinos, los carmelitas; en éstas se producía una gran novedad: los laicos (las llamadas “tercera orden”) quedaban asociados a los fines y a la espiritualidad de los consagrados, aunque fueran los religiosos –hombres y mujeres- los que constituían la fuerza principal de esas órdenes. Más tarde, otras órdenes y congregaciones religiosas fueron apareciendo, bien para dinamizar la evangelización –por ejemplo, dedicándose exclusivamente a las misiones-, bien para las obras sociales –atención de niños, de ancianos, de enfermos-, bien para centrarse en la educación.

Así llegamos a nuestros días. En los años anteriores al Concilio Vaticano II y, sobre todo, en los posteriores, ha resurgido con gran fuerza en la Iglesia el fenómeno asociativo; es lo que se ha llamado “nuevos movimientos” o “movimientos de espiritualidad”. En realidad, el adjetivo “nuevo” no se debería utilizar para designarles, pues no sólo existen antecedentes lejanos, como las terceras órdenes, sino que antes de su aparición no faltaban asociaciones laicales de gran ímpetu, como la Acción Católica. Sin embargo, algunas de sus características les hacen realmente “nuevos”. Todos ellos surgen en un contexto de crisis y no son fundados por la jerarquía de la Iglesia, aunque algunos de sus fundadores sean sacerdotes; todos ellos coinciden en apoyar decididamente al Papa, a pesar de que no pocos eclesiásticos estuvieran en su contra; todos ellos dan prioridad a los laicos en la evangelización, sin que eso signifique que el sacerdote quede relegado a la nada. Algunos de estos movimientos son grandes y, por eso, famosos: neocatecúmenos, focolarinos, comunión y liberación, San Egidio, carismáticos... Otros, en cambio, son más pequeños y apenas han desbordado los límites provinciales o nacionales. Los hay que están recién nacidos, mientras que algunos tienen ya varias decenas de años.

Pero lo que no podemos perder de vista es quién es el autor de todo esto, desde los eremitas del desierto hasta los modernos movimientos de espiritualidad. Porque si creemos que el fenómeno asociativo se debe exclusivamente a la naturaleza humana o, peor aún, al ansia de notoriedad de los hombres y mujeres que fundaron las asociaciones, estaremos muy equivocados. El único autor de todo es el Espíritu Santo. Es Él, que no deja nunca de velar por su Iglesia, el que continuamente la enriquece con nuevos dones, con nuevos “carismas” y busca, para ello, a hombres y mujeres que se dejan conducir por Él para llevar a cabo la obra que él les encomienda. No fue Santa Teresa quien quiso reformar el Carmelo, sino el Espíritu Santo. No fue San Ignacio quien quiso fundar una Órden para defender al Papa, sino el Espíritu Santo. No fue la Madre Teresa quien puso en marcha las Misioneras de la Caridad, sino el Espíritu Santo. Del mismo modo, no ha sido Chiara Lubich –por ejemplo- quien ha fundado una obra para destacar la importancia de la unidad, sino el Espíritu Santo. De ahí que oponerse a los nuevos movimientos por el hecho de rechazar todo lo que sea nuevo o porque se piense que con lo que hay ya hay bastante, no es oponerse a tal o cual fundador, sino al propio Espíritu Santo. Es a él a quién habría que preguntar por qué animó a la Madre Teresa a fundar una congregación dedicada a atender a los pobres cuando ya había otras, o por qué empujó a San Juan Bosco a fundar los salesianos cuando ya otros se dedicaban a la educación de los niños. Pero como el Espíritu Santo sabe más que nosotros lo que le conviene a la Iglesia, lo mejor es plegarse a sus iniciativas y abrir los brazos a esta nueva vitalidad con que Él está enriqueciendo a su Iglesia.


Pentecostés 2006
Recientemente, en Pentecostés, el Papa reunió en torno a sí a los nuevos movimientos de espiritualidad. Cientos de miles de personas llenaron la Plaza de San Pedro, en un testimonio bellísimo de pluralidad y de unidad. Pero antes, durante los días precedentes, los fundadores y presidentes de esos movimientos –más de cien- se habían reunido en las afueras de Roma, convocados por el Pontificio consejo para los Laicos, para escuchar aquello que la Santa Sede tenía que decirles. Si bien el tema era “la belleza de ser cristiano y la alegría de comunicarlo”, en realidad de lo que se trataba era de reunir a los máximos representantes de estas “fuerzas vivas” de la Iglesia para darles una tarea común. Según me pareció entender –estuve allí representando a los Franciscanos de María-, la Iglesia considera que los nuevos movimientos de espiritualidad deberían dar respuesta a tres cuestiones fundamentales, siempre necesarias y hoy urgentes: la formación, la animación espiritual y la incidencia en la sociedad.

Hoy constatamos que, por doquier, falta formación en el pueblo de Dios. Debido a esta carencia, los católicos son muy vulnerables ante las sectas, pero sobre todo ante los ataques que proceden del secularismo. Libros absurdos, como “El Código Da Vinci”, siembran el desconcierto entre los fieles, cuando lo único que deberían provocar es la risa. Muchos han dejado de creer en el cielo y, sobre todo, en el infierno, o piensan que todo el mundo se salva aunque mueran en pecado mortal.

En cuanto a la animación espiritual, también constatamos que buena parte de los católicos vive en una anemia del alma más grave aún que la del cuerpo. En muchos países, la crisis en la práctica religiosa es gravísima, con unos porcentajes de asistencia a la Misa dominical muy, muy pequeños.

Lo mismo podemos decir de la incidencia social de los católicos. Se aprueban leyes inicuas en naciones católicas como España. La Iglesia retrocede en el campo de la enseñanza y también pierde terreno en el de la acción social, a veces porque las instituciones propias se secularizan y abandonan su confesionalidad.

Por eso la Santa Sede pide a los nuevos movimientos que afronten el reto de la formación, la revitalización de la vida espiritual y que se organicen para lograr una mayor presencia de los católicos en la vida pública. Si se consigue, el servicio que habrán prestado a la Iglesia y a la humanidad será inmenso.


Los Franciscanos de María
Los Franciscanos de María están presentes en 22 naciones. Además de España, donde nacieron, tienen grupos de laicos en Estados Unidos, México, Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica, Panamá, República Dominicana, Cuba, Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú, Polonia, Brasil, Bolivia, Paraguay, Uruguay, Chile, Argentina y Sri Lanka. El idioma ha sido la causa que ha favorecido la expansión por América y, hasta ahora, la que ha dificultado que se den a conocer en el resto del mundo, a excepción de la isla de Sri Lanka, en el Pacífico. Fueron aprobados en Madrid en 1993 por el cardenal Suquía como Asociación Pública de Fieles de Derecho Diocesano y en todas las diócesis donde están trabajando cuentan con el permiso del Obispo. En este momento están en proceso de aprobación como Asociación Privada de Fieles de Derecho Pontificio.

Fueron fundados partiendo de una experiencia: la constatación de que la relación con Dios de la mayoría de los católicos practicantes era, fundamentalmente, de petición. Fue San Francisco de Asís (de ahí el nombre de la Asociación) quien constató esto en aquella visión de la que salió llorando y diciendo “el Amor no es amado”; había visto las iglesias llenas de gente, pero que acudían al templo sólo a pedir. Por otro lado, hemos constatado que nadie amó más a Jesús que su Madre, por lo que creemos que María es el modelo perfecto, insuperable, para aprender a amar de verdad a Dios, sin egoísmo. El objetivo, pues, de este movimiento es el de enseñar a agradecer, enseñar a tener con Dios una relación verdaderamente “eucarística” –de acción de gracias- y que toda la vida se convierta en un himno de agradecimiento a Dios por el amor infinito con que nos ha amado. Para ello crean las “escuelas de agradecimiento”, en las cuales, con un método propio, ofrecen la formación necesaria para llenar el corazón de gratitud hacia Dios y los instrumentos para que ese sentimiento se transforme en obras.

Es un movimiento laical, aunque hay un núcleo de sacerdotes consagrados que viven en comunidad y de sacerdotes diocesanos que viven en sus parroquias, que sirven de motor espiritual. El conjunto forma una familia espiritual, la de los misioneros del agradecimiento, que buscan amar y hacer amar al Amor, a Dios.

La respuesta que dan a lo que la Iglesia reclama de los movimientos en este momento está centrada en la formación –tienen un programa de formación espiritual, bíblica, dogmática, moral y apologética- y en la animación espiritual –misa y oración diaria, confesión frecuente-. En cuanto a la acción social, promueven el ejercicio del voluntariado entre los pobres y en el ámbito apostólico, siempre imitando a María, que supo estar junto a su Hijo en la Cruz.

Pueden conocer más en http://www.frmaria.org.