 |
 |
|
 |
 |
|
|
| |
Taiana
|
| |
En un editorial de la Nueva Pcia de Bahía Blanca, titulado Taiana, por el actual canciller argentino, Jorge Taiana, se afirma que no es que hayan sido poco interesantes las revelaciones que hizo el ministro Taiana en su espontánea presentación al tribunal platense que investiga lo que fue la subversión en nuestro país.
Después de todo, continúa el comentario, un hombre público del presente que se confiesa agente de la subversión en el pasado es alguien del que puede predicarse coraje cívico, pero sobre todo es alguien que admite servir de prueba viviente de dos cosas: de que la subversión no fue, en Argentina, una empresa inorgánica de jovencitos románticos, sino que prestaron su concurso en ella jóvenes como Taiana, inteligentísimos, preparadísimos y llenos de contactos del más alto nivel; y de que, por mucho que se diga lo contrario, el terrorismo fue, institucionalmente hablando, menos víctima que victimario, pues de sus cuadros juveniles de aquel entonces han surgido funcionarios y legisladores, mientras que quienes se batieron contra ellos y los derrotaron pagan hoy su victoria en presidio.
Adúcese que el motivo para ellos es que eran asesinos, en tanto que sus derrotados eran combatientes. Si Taiana es combatiente o asesino, era cosa que bien pudo haber expuesto ante el tribunal. Porque estuvo ocho años preso por algo. ¿Fue o no fue ese "algo" una bomba colocada en una confitería céntrica cuya explosión costó la vida a dos personas? El ministro Taiana deberá contestar esta pregunta, finaliza el comentario de la Nueva Pcia. de Bahía Blanca.
Al respecto cabe consignar que este personaje Taiana, fue motivo de otro recordatorio que circula por internet bajo el título "Recordando a un cobarde" dando cuenta del mismo suceso ocurrido el viernes 4 de julio de 1975, bajo el gobierno de Maria Estela de Perón, cuando una bomba estalló en el baño de hombres del bar El Iberico de Buenos Aires.
El objetivo de aquel atentado fue el de asesinar a un oficial naval que tenía reservada una solitaria mesa en proximidades de la puerta que da a los baños. Casualmente ese día el marino no fue a tomar su café y en su lugar se sentó una mujer, completamente ajena a todo. El estallido la mató instantáneamente, juntamente con el mozo que la estaba atendiendo y un grupo importante de parroquianos recibió heridas de consideración, sin contar el bar que quedó destruido. Pocos días después se supo que el autor del atentado había sido Jorge Taiana.
En vista de su peligrosidad, lo alojaron en el Penal de Rawson, hasta que logró salir "bajo libertad vigilada", porque el juez de la causa consideró su particular situación familiar. Tenía dos hijos pequeños. El Estado Nacional lo indemnizó con una suma suculenta, por haber sido "víctima de la persecución fascista". Los que no pudieron salir de sus féretros con libertad vigilada, ni recibir indemnizaciones, ni cuidar de sus pequeños hijos, fueron la mujer y el mozo del café.

La realidad paralela del Mundial
MUNDO IDEAL. La Argentina de Messi va en busca de la gloria deportiva que le sigue siendo esquiva al país en otros planos. La política quiere sacar provecho.
Por James Neilson
Imaginémonos un mundo en que la Argentina sea la gran potencia que se previó cuando se celebraba el Centenario, uno radicalmente distinto del actual en que los Estados Unidos sean un país menor, un mero enano al lado de Brasil, en que China, la India y Cuba apenas existan, en que Paraguay esté en condiciones de lidiar con cualquiera y Corea del Norte no sea un campo de concentración paupérrimo regido por un lunático pertrechado de armas nucleares sino un adversario respetable al que hay que tomar en cuenta. Mejor aún, imaginémonos un mundo en que los miserables detalles económicos cotidianos carezcan de interés, el prestigio de un país dependa de lo que ocurre en un campo de juego y la política actividad esta que es propia de personajes grises que a cada momento tratan de venderse y de hacer tropezar a sus socios se tome un mes de vacaciones.
Pues bien, hace una semana, centenares de millones de hombres, mujeres y niños repartidos por la Tierra dejaron atrás lo que suele llamarse el mundo real para entrar en otro que encuentran mucho más apasionante, el del Mundial de fútbol. Por un rato, viven en un universo alternativo. Para que nadie dude de su compromiso con lo que está sucediendo en el sur de África, se pintan las caras con los colores del equipo de su país antes de sentarse frente al televisor. Por su parte, los que han subrayado su pasión por la patria viajando a Sudáfrica, se visten con las camisetas y los accesorios apropiados para entonces gritar consignas a veces belicosas en las canchas o mientras vagan atolondrados, ya que están pensando en otra cosa, por las calles de ciudades nada seguras como Pretoria o Johannesburgo. Confían en que nadie los molestará, que todos entenderán que tienen derecho a participar en un acontecimiento histórico, de reafirmar así su autenticidad.
Como un agujero negro, el Mundial, la fiesta máxima del deporte rey, traga todo cuanto esté a su alrededor. Con sinceridad o porque por algún motivo lo creen conveniente, políticos y funcionarios, empresarios e intelectuales, a cada momento insisten en informarnos que comparten plenamente los sentimientos populares, que para ellos el fútbol siempre ha sido una actividad fascinante, que sufren cuando pierde el equipo de sus amores y se llenan de felicidad cuando gana. Mientras dure la competencia, es decir, mientras la selección argentina siga su marcha es de esperar triunfal, los medios más augustos del país se concentrarán en las alternativas de los sucesivos partidos: para el presuntamente sobrio matutino porteño La Nación, el que Lionel Messi haya jugado bien contra Nigeria importó muchísimo más que cualquier otra novedad nacional o internacional.
Para más señas, se supone que además de ser un negocio tremendo para los empresarios del deporte, el Mundial puede tener consecuencias económicas y políticas muy significantes. Los hay que aseguran de manera poco convincente, es verdad que la pérdida masiva de horas de trabajo en la Argentina de resultas de la voluntad de buena parte de la población de mirar los partidos se compensaría con creces si, como corresponde, la selección gana la copa, ya que el aumento de la autoestima colectiva dará pie a un pequeño milagro productivo. En Europa, algunos temen que, de alzarse con ella los alemanes, se sentirán tan orgullosos que estarán aún menos dispuestos de lo que ya están a ayudar a los griegos, españoles y portugueses salir del pozo económico en que se han precipitado.
Huelga decir que todo político que se precie tratará de aprovechar la eventual hazaña, dando a entender que, pensándolo bien, se debió en gran medida a sus propios esfuerzos. Tanto aquí como en muchos otros países, el Gobierno nacional entiende que, si la Argentina gana la copa, le permitiría recuperar la credibilidad ante una ciudadanía que por razones misteriosas ya no lo quiere tanto como en tiempos más felices. Así, pues, a menos que antes ocurra una injusticia cósmica que nos devuelva al mundo rutinario, Cristina irá a Sudáfrica para presenciar el final. Con toda seguridad tiene un sueño: si todo sale bien, regresará a la Casa Rosada rodeada por los jugadores como una integrante más del equipo. “¡Cristina, selección, un solo corazón!”, bramará la muchedumbre que se movilizará frente al balcón emblemático. Y entonces comenzaría la campaña por la reelección. ¿Sería tan fácil? Claro que no. De quererlo, Jorge Rafael Videla podría advertirle a Cristina que, si bien sería posible que un triunfo argentino desatara un festejo multitudinario equiparable con los que hicieron tan memorable el Bicentenario, la euforia se apagaría pronto al imponerse nuevamente el maldito mundo real.
A esta altura, nadie puede ignorar que el fútbol es el juego más popular del planeta y que, merced a acontecimientos como el Mundial, está conquistando territorios en regiones que antes eran extrañamente inmunes a sus encantos como la India, donde aún predomina el cricket, China y el Caribe. Tanto protagonismo fastidia a los amantes de otras modalidades deportivas porque en las páginas de los diarios o las pantallas televisivas sólo hay espacio para el fútbol, pero los únicos que se han propuesto hacer frente en serio al imperialismo futbolero son, cuándo no, los islamistas. En Somalia, guerreros santos relacionados con Al-Qaeda ya han matado a algunos enemigos de la verdadera fe por caer en la tentación de ver partidos del Mundial, lo que a su juicio es una forma de manifestar desprecio por el mensaje riguroso del profeta Mahoma. Asimismo, grupos islamistas han amenazado con perpetrar atentados sanguinarios en Sudáfrica para castigar a aquellos países casi todos que según ellos los han ofendido. Si lo hicieran, la reacción popular sería con toda probabilidad contundente; es una cosa declararle la guerra a los Estados Unidos, pero sucede que el “juego hermoso” tiene muchos más aficionados que la superpotencia.
¿A qué se debe el lugar creciente que ocupa el fútbol en la vida de tanta gente? La inmensa maquinaria comercial que ha engendrado habrá contribuido, pero en el fondo se debe a que es un juego tan sencillo que, después de ver un par de partidos por televisión, cualquier ama de casa puede hablar con autoridad aparente de las debilidades de la defensa eslovaca, digamos, de la habilidad hipnotizante de Messi, el joven en que el país ha depositado tantas esperanzas, o la astucia descomunal de un hasta entonces desconocido deportista asiático o africano. Puede que el fútbol sea ferozmente elitista, puesto que las estrellas internacionales ganan una cantidad fabulosa de dólares por cada patada y la mayoría de los jugadores tiene que conformarse con centavos, detalle este que no preocupa en absoluto a los igualitarios, pero también es muy democrático: la opinión de un analfabeto aldeano vale tanto como la de un premio Nobel. Mal que les pese a los herederos profesionales de Píndaro que celebran las proezas de los héroes de turno en los medios, cuando de comentar sobre las alternativas de un partido se trata, todos somos iguales.
Así y todo, es poco probable que el fútbol se hubiera trasformado en un culto planetario si no brindara a millones de personas un pretexto para dar rienda suelta a emociones tribales que hoy en día son consideradas primitivas. Nos retrotrae a una etapa evolutiva supuestamente superada. Quienes asisten a partidos entre equipos de distintos países pueden hacer gala del nacionalismo xenófobo más primario sin que nadie salvo algunos gruñones los tome por fascistas peligrosos. Para algunos, la Selección es una especie de ejército virtual que lucha con valentía patriótica contra las hordas extranjeras, llevando la bandera nacional de triunfo a triunfo, aunque otros se afirman dolidos porque a su entender la forma actual de jugar del equipo argentino no refleja debidamente las esencias nacionales más entrañables.
En cuanto a los clubes locales, ellos también pueden motivar adhesiones fervorosas que merecen la envidia de políticos, algunos de los cuales contratan a los hinchas más agresivos para que apliquen sus talentos a tareas totalmente desvinculadas del deporte. No sólo aquí, sino también en muchas otras partes del mundo, especialmente en Inglaterra, la propensión de los barrabravas a tomar demasiado en serio las pasiones bélicas que inspira el fútbol ha provocado problemas mayúsculos, pero parecería que, a diferencia del gobierno británico, el que trata de impedir que los hooligans viajen al exterior, el argentino los ayuda, de ahí la presencia en Sudáfrica de docenas de sujetos que se creen aguerridos, aunque por ahora no se han animado a enfrentarse con la Policía de lo que es, al fin y al cabo, uno de los países más violentos de la Tierra.
Son tantas, y tan fuertes, las emociones desatadas por el deporte, que siempre han proliferado los barrabravas o sus equivalentes. En el año 532 en Constantinopla, los barrabravas de aquel entonces protagonizaron disturbios que dejaron la ciudad en ruinas y sólo terminaron cuando las fuerzas del orden masacraron a más de 30.000 personas. Por fortuna, en comparación con sus lejanos antecesores bizantinos, los barrabravas actuales son niños de pecho, pero eso no hace menos alarmantes los indicios de que el gobierno kirchnerista haya decidido suplementar a los piqueteros oficialistas que emplea para intimidar a quienes se niegan a obedecerle con pandillas que son aún más combativas.
revista-noticias.com.ar/
La Copa del Mundo
por Alvaro Vargas Llosa
Washington, DCLa Copa del Mundo se inició en Johannesburgo hace unos días, y una vez más la conexión entre política y fútbol está en la lengua de muchos.
Hay cierta exageración respecto del efecto que tienen el triunfo y el fracaso en los gobiernos. La sensacional derrota de Brasil ante Uruguay, en el Maracaná, en la final de 1950 no perjudicó al gobernante Gaspar Dutra. La victoria de su sucesor, Getulio Vargas, meses más tarde no guardó relación con la hecatombe deportiva. El que Italia ganase el Mundial de 1982 celebrado en España no ayudó al Primer Ministro Giovanni Spadolini, el primero ajeno a la Democracia Cristiana de la posguerra, cuyo partido fue expulsado del poder poco después del triunfo de su selección.
Más que otros deportes, la Copa del Mundo genera “movilidad social”. Los “golpes” de chicos contra grandes son frecuentes. Corea del Norte derrotó a Italia en 1966, Argelia superó a Alemania en 1982, Camerún se convirtió en la sensación de 1990.
El hecho de que algunos países atrasados como Argentina estén entre los principales equipos altera cada cuatro años el orden de prelación político y económico, al menos por unas semanas. El reacomodo de las jerarquías internacionales que el grupo del G-20 intenta lograr actualmente, hasta ahora sin mucho éxito, en realidad tiene lugar en el Mundial de fútbol, evento cuya audiencia es sólo comparable a los Juegos Olímpicos.
El torneo pone patas para arriba un orden mundial todavía dominado por los Estados Unidos. A pesar de que la Copa del Mundo atrae en este país a una audiencia televisiva similar a la de las Ligas Mayores del béisbol y él futbol es ya el principal esparcimiento deportivo de los niños, el impacto de este deporte sigue siendo relativamente menor como espectáculo. Por tanto, su peso en la economía deportiva no es muy grande.
Sin embargo, el fútbol es una herramienta que los políticos estadounidenses utilizan de manera creciente para sintonizar con los hispanos, fuerza electoral en ascenso. El hecho de que el Vicepresidente Joe Biden asistiera a la inauguración de la Copa del Mundo y al primer partido de su equipo contra Inglaterra, y de que Obama haya anunciado que seguirá el certamen con interés, tiene poco que ver con la política exterior. Es una cuestión de demografía interna y por ende de política.
El Mundial, mientras tanto, da a Europa una extraña sensación reconfortante en estos días de espanto, permitiéndole mantener una ilusión de superioridad que ya no posee en otros campos. Europa es una potencia política y económica decadente si se la mide frente el auge de Asia. La economía de 14 billones de dólares de la Unión Europea, si bien similar en tamaño a la estadounidense, se dedica a apuntalar un insostenible Estado de Bienestar. Pero en el Mundial, donde los europeos a menudo sobresalen, China, con una economía casi tres veces más grande que la de Alemania, es inexistente: quedó relegada por la derrota ante Iraq en las eliminatorias. La Copa del Mundo tiene, pues, sobre los europeos un efecto similar al del “Commonwealth” británico o “La Francophonie” francesa: preserva la memoria de una grandeza imperial desaparecida hace mucho tiempo.
El fútbol internacional es también un catalizador de las tendencias relacionadas con la globalización. Más que otros deportes, ha derribado barreras contra el flujo de personas como de capital, bienes y servicios. Virtualmente ninguna selección latinoamericana, africana o centroeuropea tiene a la mayoría de sus principales jugadores en la liga de su país. Más de la mitad de los no europeos que compiten ahora en Sudáfrica juegan profesionalmente en Europa: sobre todo en España, Italia, Alemania y Gran Bretaña. El conjunto de Costa de Marfil tiene 20 jugadores en Europa. Otro interesante dato: sólo cuatro de los 23 jugadores del plantel estadounidense juegan en su país.
La influencia de estos “extranjeros” en las comunidades que los albergan va más allá del deporte. El fervor de millones de hinchas por los jugadores extranjeros que les brindan placer en sus equipos locales durante el año tiene cierto significado en estos momentos en que las fuerzas contradictorias de la globalización y el nacionalismo, de los vertiginosos intercambios transfronterizos y las reacciones aislacionistas y hasta xenofóbicas, dirimen su querella. Para millones, estos jugadores son la conexión más directa con las culturas, idiomas y costumbres de tierras lejanas.
La Copa del Mundo traerá un necesario alivio a naciones exhaustas por las consecuencias psicológicas de la crisis económica. Sudáfrica es un anfitrión apropiado. A pesar de la corrupción y el creciente autoritarismo del Congreso Nacional Africano, el hecho simboliza el surgimiento de países incluida una muy mejorada Sudáfrica, cuya Bolsa está entre las 18 mayores del mundo ansiosos por progresar.
atlas.org.ar
Cómo el socialismo destruye Europa
Por Guy Sorman
Hoy en día, no es la crisis griega lo que convendría explicar, sino el camino que condujo hasta ella. No se trata de reabsorber la deuda griega o española: se trata de poner un plazo o no a la estrategia del declive europeo.
La tragedia del euro sobrepasa con mucho el único caso de Grecia y esta tragedia sólo es financiera en apariencia. El mal es más profundo: alcanza a todos los países miembros o acabará por alcanzarlos a todos. No bastará con poner un poco de orden en las cuentas públicas, salvar a Grecia de la quiebra y tranquilizar a los acreedores de España y Portugal. Estos remiendos financieros no evitarán el contagio general de todos los países miembros de la Unión ya que a todos les aqueja el mismo mal. Algunos querrían quitar importancia a este mal. En el FMI, en el Banco Central Europeo, en los ministerios nos dicen: es financiero, es técnico, sabemos actuar, ya pasará, basta con algunos créditos, con persuadir a los alemanes, con reducir un poco el gasto público. ¿Y todo volverá a empezar como si no hubiese habido crisis en absoluto? ¡Qué ilusión, qué ceguera y sobre todo que negación de la realidad! ¿La realidad? Los fundamentos de la Unión Europea son incompatibles con la manera en que se gestionan los Estados europeos. Es decir, la Unión Europea es de origen liberal, concebida como tal en filosofía política y en economía y sólo es posible gestionarla de manera liberal, mientras que todos los gobiernos nacionales, aunque fueran de derechas, crearon, de hecho, unos gigantescos Estados del Bienestar de inspiración socialista.
Expliquémonos: en los comienzos de Europa, un empresario (no un diplomático, sino un comerciante de coñac familiar de Estados Unidos), Jean Monnet, tras la Segunda Guerra Mundial, reparó en que los gobiernos europeos nunca habían logrado, y no lograrían nunca, hacer de Europa una zona de paz y de prosperidad. Sustituyó el motor diplomático por el motor económico; consideraba que el libre cambio y el espíritu emprendedor deberían generar unas «solidaridades concretas» que eliminarían la guerra y la miseria. Esta institución liberal de Jean Monnet fue ratificada el 9 de mayo de 1950 por los principales artífices de la primera Comunidad Económica Europea, tres demócratacristianos: Konrad Adenauer, Alcide De Gasperi y Robert Schuman. Estos hombres compartían una misma concepción moral de la política y un mismo análisis económico, y se mostraban recelosos con el estadismo que entonces se identificaba, con razón, con los totalitarismos guerreros. La Comisión de Bruselas, y más tarde el Banco Central Europeo, no han dejado de ser fieles a ese espíritu liberal original. El libre cambio, gracias al apoyo constante de la Comisión de Bruselas, atizó el espíritu de empresa frente a los proteccionismos y los monopolios nacionales. Y se creó el euro para obligar a los Estados a equilibrar su presupuesto, siguiendo la línea de la teoría monetaria liberal.
Desgraciadamente, los gobiernos nacionales creyeron que sería posible acumular los beneficios de la Europa liberal, a la vez que se superponían las delicias electorales del socialismo. Aquí se llama «socialismo» al crecimiento infinito del Estado del Bienestar, a la acumulación de seguros sociales y de empleos protegidos por el Estado.
Ese socialismo de hecho, sedimentación de promesas electorales y de derechos adquiridos, se desarrolló en Europa infinitamente más rápido que la economía y que el número de habitantes. Por tanto, este socialismo de hecho sólo podía financiarse a crédito, se creía que sin riesgos, ya que el euro parecía «fuerte». Este euro fuerte enloqueció a sus poseedores: de repente todo parecía asequible con el crédito. Ello tuvo como consecuencia un endeudamiento notablemente homogéneo, en todos los países europeos, del orden del 100% de la riqueza nacional: entre el 91% en Alemania y el 133% en Grecia, una diferencia bastante modesta entre los dos extremos, reflejo de una misma trayectoria socio-estatal. Hoy en día, la diferencia entre Alemania, Grecia, España o Francia, depende menos del endeudamiento y de la manera de gestionar los Estados -más bien similares- que de la capacidad de reembolso variable dependiendo de los deudores. Todos los Estados europeos han sido gestionados «a la socialista», en contradicción con los principios liberales de la Unión Europea: algunos serán capaces de hacer frente a los vencimientos mejor que otros, pero todos han seguido juntos la misma trayectoria.
¿Explicarán esta trayectoria fatal? Las ideologías son su verdadera causa. El socialismo domina los espíritus en Europa, mientras que el mundo universitario, mediático e intelectual acosa al liberalismo. Apoyar al mercado frente al Estado y preconizar el Estado modesto se considera en Europa una perversión «estadounidense». Y la ideología socialista está lo suficientemente arraigada como para que a un político le sea casi imposible resultar elegido sin prometer aún más solidaridad pública y aún menos riesgo público. Estos Estados del Bienestar, debido a su coste financiero y a la falta de responsabilización ética que legitiman, han asfixiado el crecimiento económico en Europa: somos el continente del declive, pero del declive solidario.
Y ahora nos presentan la factura griega: no será la primera de esa clase. ¿Qué hacemos con ella? Sería lícito que no la pagáramos: en el fondo, ¿por qué un modesto contribuyente francés o alemán debería pagar los impuestos que evadió un griego rico, todo ello para financiar a los sindicatos o a los militares griegos? Pero las finanzas europeas son tan enrevesadas que el euro que debe Grecia se lo debe en realidad a un banco alemán o francés. Por consiguiente, que los no griegos corran o no a socorrer a Grecia no cambiará nada: nuestra quiebra será colectiva. Nos creíamos ciudadanos de un país, pero somos deudores para todos. Si los europeos no pagan la factura griega, las facturas de Portugal, España e Italia llegarán rápidamente a continuación ya que la bancarrota de Grecia repercutiría sobre el valor de todos nuestros euros.
¿Cómo se sale de una tragedia? Ganando tiempo, negándola, suicidándose o diciendo la verdad. En este momento de la historia que vivimos, no es posible prever cuál de estos supuestos prevalecerá. En los comienzos de Europa, Jean Monnet dijo la verdad y los hombres de Estado se la explicaron a los pueblos: éstos la entendieron. Hoy en día, no es la crisis griega lo que convendría explicar, sino el camino que condujo hasta ella. No se trata de reabsorber la deuda griega o española: se trata de poner un plazo o no a la estrategia del declive europeo. A fin de cuentas, deberíamos darles las gracias a los griegos quienes por imprudencia, eso sí, han interrumpido la siesta europea.
ABC (Spain)
|
|
|
|
 |